Jun 03

La Segunda Guerra Mundial fue la “madre de todas las guerras” libradas en territorio europeo; y es que en cientos de años no hemos parado un momento de tirarnos los trastos a la cabeza: guerras dinásticas, de religión, coloniales, civiles, por expansión, por anexión, por planteamientos económicos, filosóficos. Siempre había un motivo para poner una guerra en medio de la vida de nuestros antepasados. Cansado de tanto guerrear, el soldado europeo regresa del combate con el ánimo de no empezar de nuevo: surge el europeísmo. Es mejor dirimir las diferencias en otros escenarios no beligerantes -surge el pacifismo europeísta- y llegar a acuerdos que permitan que los europeos alcancemos cotas de bienestar desconocidas hasta entonces (la Europa del bienestar).
Entonces a alguna o algunas cabezas bien pensantes idean, en 1955, la Copa de Europa de fútbol, donde los mejores equipos del viejo continente puedan lidiar sus batallas deportivas. Un año más tarde se crea el Festival de Eurovisión, para que los orgullos patrios se desboquen a golpe de gorgorito. Y en 1957, los Tratados de Roma desembocan en la Comunidad Económica Europea. A partir de ahí son innumerables los lazos que hemos estrechado para no volver a guerrear más entre nosotros. ¡Quién nos iba a decir que, en una treintena de años, aquella Europa de los 9 se convertiría en la de los 27, con moneda y parlamento comunes!
El Festival de Eurovisión, que hoy cumple su no sé cuántas ediciones, era la ventanita por donde los españoles en blanco y negro nos asomábamos a la modernidad del otro lado de los Pirineos. Sólo veíamos gente rubia, que se movían raro pero que en sus semblantes se dibujaba una felicidad que nada tenía que ver con las caras de nuestros paisanos. Era la Europa en color que tanto anhelábamos y por la que tanto suspirábamos; la Europa a la que debíamos pertenecer a toda costa y la que nos quitaría de un plumazo ese complejo que tanto nos afeaba de sentirnos “different”.
Aquellos europeos tan lejanos se acercaron a nuestras costas y nos enseñaron que las mujeres mayores podían ir vest idas de colorines y no enlutadas, y que podían teñirse el pelo y lucir peinados que no fueran el moño, que las más jóvenes podían pasearse por las calles con una falda por encima de las rodillas en lugar de por debajo y que podían despojarse de la castidad de un bañador horrible usando un bikini.
El Festival pasó de ser un acontecimiento nacional de primer orden a una horterada infumable. Formábamos ya parte de ese club prestigioso llamado Europa. Nadie recordaba el “blanco y negro” y nuestros complejos se habían difuminado a golpe de urna. La Transición y la “movida” nos hacía sentirnos “bellísimos”; ya no éramos bajitos, regordetes y con cara de mala leche: El “landismo” se escondía en lo más recóndito de nuestras conciencias. Con nuestro ego en cuarto creciente, nos sentíamos admirados y bendecidos por el orbe occidental, ejemplo de “bienvivencia” y europeísmo. Pasamos de la España de Mariano Haro a la España líder de los Ballesteros, Indurain, Alonso, Nadal.
Y hoy, con el orgullo por los suelos, el Festival es una “corrala” donde importa más la política y la vecindad que la propia música, y para nosotros, además, un demostrarle a Europa que el laurel es también un brote verde y que “Algo pequeñito” es un ejercicio de redención de nuestra soberbia adolescente. Salimos segundos: ¿Será una premonición? ¿Y el espontáneo de la barretina? ¿Será un mal augurio? ¡Bendita Europa!
Francisco Gascón


 

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