La poesía de Sylvia Plath y Benidorm

Bartleby Editores publica la poesía completa de la autora norteamericana, que incluye cuatro poemas sobre la villa turística

Bartleby Editores acaba de publicar la poesía completa de Sylvia Plath en una gruesa edición bilingüe con traducción de Xoán Abeleira. Ello no tendría mayor importancia en Benidorm, si no fuera porque no sólo estamos ante una de las mejores poetisas estadounidenses, sino también ante una escritora que pasó su luna de miel en Benidorm allá por 1956 y que dedicó cuatro de sus poemas a la villa del turismo. Sobre su estancia veraniega en Benidorm ya escribió mucho y bien el profesor Pascual Almiñana Orozco en el Libro de Fiestas de 2007, que ha terminado por convertirse en el único recoveco donde los estudiosos locales pueden dar salida editorial a sus trabajos de interés.

La recopilación de Ted Hughes, quien fuera su marido, mereció el Pulitzer en 1981 y es esa recopilación la que sigue Abeleira, vertiendo diversos poemas al castellano por primera vez, como “Cementerio en noviembre”, “Los otros dos” o “Setas”. Una recopilación con sus temores y sus aciertos, puesto que no tenemos la certidumbre de que Hughes no haya limado textos en los que tal vez no salga bien parado, como sucede con los diarios de la propia Plath. La poetisa murió por inhalación de gas en 1963 a la edad de 30 años. Se cansó de vivir. Una muerte que no evitó que fuera esgrimida por el feminismo como una heroína trágica y que, sin embargo, hay que desligar de su obra poética para que su lectura no adquiera prejuicios prematuros y, por otro lado, injustos.

Versos de altos vuelos

Las composiciones poéticas “Melones de fiesta”, “Los mendigos”, “Partida”, de 1956, y “Las rederas” de 1959 tienen una vinculación directa con Benidorm, todos ellos enmarcados en la segunda etapa creativa de Plath. A continuación reproducimos los primeros versos del primer poema citado:

“En Benidorm hay melones,/ Carros tirados por burros, cargados/ De incontables melones, /Óvalos y pelotas /Verde brillante, arrojadizos, /Decorados con rayas /Color verde tortuga oscuro. /Elige uno con forma de huevo, con forma de mundo, /Y lánzalo rodando a casa, para degustarlo /En el candente mediodía…”. No es necesario recordar que estamos en el Benidorm de 1956 y ante una escena que a buen seguro vio la autora y que le sugirió esta imagen poética.

Del poema “Los mendigos” elegimos por el contrario su final: “El ocaso oscurece/ el puro, exorbitante azul de la bahía,/ la casa blanca y los almendros. Los mendigos/ sobreviven a su maléfica estrella,/ con su sarcasmo y su pérfido brío desconciertan/ a la oscuridad, a la mirada que los compadece”.

“Partida” hace referencia a la marcha de los recién casados de la pequeña villa. De nuevo, su parte final: […] “pero siempre sacará a la luz/ el descarnado bajío de roca que resguarda/ la bahía azul de al ciudad/ de la brutal e incesante embestida del mar./ Manchada por las gaviotas, una cabaña de piedra/ expone su dintel bajo la corrosiva intemperie:/ por el saliente de roca ocre/ las cabras de tupido pelaje deambulan/ torpes, morosas, lamiendo la sal del mar”. Esas cabras de tupido pelaje, pudieran ser las del corral que había al inicio de la calle Herrerías y que la poetisa las utilizara a su interés en la composición poética.

Finalmente, de “Las rederas” (o “Las remendadoras de redes” según la traducción que dio a conocer Almiñana) preferimos el inicio como un excelente punto y final a este artículo, que incide en sacar del cajón del olvido a una autora que no lo merece, ni siquiera en Benidorm: “Entre el pequeño puerto de los pesqueros de sardinas/ y las arboledas donde las almendras, aún delgadas y amargas, engordan sus cáscaras picadas de verde, las tres rederas/ vestidas de negro –pues aquí todo el mundo está de luto por alguien-/ colocan sus robustas sillas y, de espaldas a la calle y de cara a los oscuros/ dominios de sus umbrales, se sientan./ El sol las grana de ese color cuervo, / amorata los higos a la sombra de sus hojas, vuelve el polvo rosa./ En la calle Tomás Ortuño la mica centellea/ como el dinero bajo los dedos anillados de las gallinas…”.