Lección de anatomía en Benidorm

Marta Sanz ambienta en Benidorm parte de su nueva novela

“La lección de anatomía” (RBA) de Marta Sanz cuenta los avatares vitales de la protagonista desde su nacimiento hasta la actualidad. La novela, recién publicada, ambienta en Benidorm buena parte de su historia. De hecho su autora residió en Benidorm durante su infancia y ha veraneado con frecuencia en la villa del turismo.

El inicio del capítulo “En el cine de verano con mi tía Maribel” es una larga descripción a ojos de la autora de la villa de Benidorm que se resiste a cambiar con el inexorable transcurrir del tiempo. “El trasiego de mi casa reproduce en miniatura la voraginosa matrioska de la ciudad donde vivimos: Benidorm. En los meses de verano, la familia venía desde Madrid a pasar las vacaciones. Vivíamos allí por motivos de trabajo de mi padre. La ciudad sólo puede describirse a partir de una enumeración caótica: un platillo volante cuya panza alberga una pista de baile, bares de ambiente, […] bellísimos rascacielos; hamburgueserías de las que emana un intenso olor a cebolla cruda, ácido, y a cebolla frita, dulce; piscinas con una gradación progresiva del azul, celeste, turquesa, verde profundo, piscinas cloradas con tiburones asesinos agazapados en el fondo […]; cafeterías con orquestinas; olor a desayuno inglés y a alcoholes viejos; jerigonzas; luz del Mediterráneo, neones; descapotables y guaguas; cajas de champán en la playa, sobre las que duermen borrachos nórdicos, rebozados en arenilla; procesiones de Corpus Christi, la banda municipal, fallas y la reina de las fiestas patronales; sombrillas, la isla; espaldas que se queman al sol y que después se pelan […]; campos de algarrobos, edificios en construcción, hormigoneras y ese olor a cemento y a tierra húmeda que asocio al lugar de los juegos; camisetas con calcomanías que huelen a petróleo; bañadores minúsculos, pavor a las medusas; catequesis antes de comulgar, heladerías, aroma dulzón de bollos bruselenses, pizarritas con el menú; un dédalo de calles atestadas, José Antonio –así se llamaba cuando yo vivía allí-, la alameda, la subida a la iglesia y a la zona del mercado, el puerto y el parque de Elche hacia la tranquilidad germánica y familiar de la Cala, la cuesta de Ruzafa, Martínez Alejos que desemboca en la playa de Levante, la calle Gambó (sic) y la plaza Triangular”.

Cines de verano

La protagonista también tiene un recuerdo para el paseo de Levante gracias a sus baldosas, “hexágonos apaisados del color de la sangre coagulada sobre el cristal; un fondo blanco y marmóreo contrata con la sangre seca”. Y para los cines de verano, que proyectan los estrenos de antaño: “Cine Europa, No desearás al vecino del quinto; Cine Manila, Las petroleras; Cine Jamaica, Desde Rusia con amor; Cine Andalucía, Amarcord…”. A las proyecciones, sea cuales fueren, los niños podían entrar acompañados de un adulto, pero la protagonista se quedó con las ganas de ver “Gritos y susurros” de Bergman. Era demasiada proyección. No sucedió lo mismo con “La caída de los dioses” de Visconti, “La trastienda” con la Cantudo o las intensas aventuras fílmicas de James Bond, que fueron visionadas en sillas metálicas al compás del mordisqueo de un bocadillo, quizá de sardinas.

Durante seis años en la escuela de Benidorm, la protagonista estudió la extinta Educación General Básica. El hecho de proceder “de la grosera ciudad del interior”, Madrid, le supuso algún inconveniente, agravado por la profesión de su padre, sociólogo, y a que su madre “se pintaba los ojos, fumaba, no iba a las reuniones de padres del colegio, no les regalaba perfumes a las señoritas cuando se acercaban las fechas navideñas, ni se hacía la permanente en la peluquería como las otras madres”. La escuela, quizá el Leonor Canalejas, se hallaba cerca de su casa, lo que contribuyó a su elección. “Yo no asistía al colegio privado con piscina olímpica de la zona residencial del pueblo, el colegio al que iban las hijas de los notarios y de los comerciantes ricos, porque el colegio nacional quedaba más cerca de casa y eso, obviamente, resultaba más cómodo”. La colegiala supo superar las adversidades con tesón, “incluso comencé a chapurrear el valenciano, porque vi que las profesoras, aunque impartían las lecciones en castellano, al salir de clase, formaban corrillos donde se hablaba en una lengua que no era la mía”.

La Palmera

“Siempre que llego a Benidorm a principios de julio, mis primeros pasos son idénticos: me encamino sin tiempo que perder hacia la plaza de la Palmera y entro en la tienda de chucherías en la que mi amiga Juani vende helados, chicles y gominotas desde que era una niña y yo iba a recogerla a las tres menos cinco para que subiéramos juntas, conversando, la cuesta que acababa en nuestro colegio”. Benidorm ha pasado de ser un lugar de residencia a ser un lugar de veraneo, pero siempre está presente Benidorm en la vida de la protagonista de la novela.

“En verano, durante las vacaciones de Semana Santa, en los puentes, yo regresaba a Benidorm y me alojaba en casa de Pepita para estar con su hijo”. Pepita es la madre del novio de la protagonista y aquellos “eran los tiempos del instituto, los primeros años de la carrera universitaria”. Benidorm como un lugar donde disfrutar de las vacaciones, pero rodeado de tus seres queridos.