OPINIÓN – HÉROE Y VILLANO

Parece como si el destino les hubiera reservado plaza en el mismo vuelo. La existencia de dos personas tan dispares como Jesús Neira y Antonio Puerta quedó ligada a un hecho tan casual como el de coincidir en un mismo lugar y a una misma hora. Desde ese momento ambos han protagonizado un episodio insólito en el devenir de un país y una sociedad ávidos de culebrones y titulares.
Un suceso desgraciadamente corriente hoy en día como es el maltrato a las mujeres, y otro hecho, excepcional, como es el de socorrer al débil aún a costa de poner en riesgo la propia vida, supusieron que la calle y los medios de comunicación otorgaran a los protagonistas de esta historia los papeles de héroe y villano.
Antonio Puerta, el agresor, el villano de esta historia, maltrataba a su mujer cuando Jesús Neira, el agredido, el héroe, intervino en auxilio de ésta, para recibir del villano un tremendo golpe que le dejó en coma y al borde de la muerte durante ocho meses.
Demonizado uno y aclamado el otro, bastó que la sociedad española -patibularia y esperpéntica -conociera las simpatías de Neira por un determinado partido, para que a aquel héroe se le disminuyera dicha condición a la de persona movida por un acto noble.
Antonio Puerta era un adicto a las drogas y dicha adicción no le eximía ni de maltratar a una mujer, aunque fuera su novia, ni de agredir brutalmente al defensor de ésta. Sabía lo que hacía cuando empezó a drogarse y conocía sus riesgos, como todo el mundo actualmente. No se puede por tanto trasladar su responsabilidad ni a los medios de comunicación, ni a la sociedad. Era un enfermo, sí, y como tal se le debería haber atendido, pero también era un maltratador y como tal le trató la Justicia.
Jesús Neira, catedrático de derecho, entró en la historia por haber defendido a una mujer, Violeta Santander, -famosa a partir de entonces por sus idas y venidas mediáticas, pareció no agradecer el gesto noble de Neira (ya le hubiera gustado ese gesto a la chica que recibió una brutal paliza en el metro ante la pasividad de los viajeros) -, cometió el error de salir del anonimato del héroe para convertirse en personaje político. Aceptó un cargo en la Comunidad de Madrid -para mayor gloria de Esperanza Aguirre- que no necesitaba, asumió un papel de tertuliano de programas de televisión -donde sólo a los periodistas se les concede la gracia de despotricar de unos y otros
– para dar a conocer una faceta que no era la suya, la de opinar, y se le detuvo por conducir ebrio, dejando con ello su ya mermada ejemplaridad bajo mínimos.
Al mismo tiempo que a uno se le rebajaba su condición de héroe, al otro se le rebajaba su condición de villano. Hoy, Antonio Puerta yace en un cementerio, presumiblemente por las drogas y Jesús Neira se debate entre la vida y la muerte en un hospital a causa de una hemorragia cerebral. Son dos caras de una misma moneda. En el espíritu de la sociedad española, tan amante de idolatrar como de denostar a las personas en cuestión de segundos, se debate el conceder el papel de víctima al que fue villano, y de verdugo al que llegó a ser héroe.

Francisco Gascón Gamboa